Cobertura: Sonar Buenos Aires en Tecnopolis

Vengo con un nivel de asistencia perfecta al Sonar Buenos Aires y debo reconocer que la experiencia viene en ascenso directo.
PH: ACIDAMA

La música de Valhalla

 Tras una primera edición desafortunada, con desprolijidades, colas eternas y demoras, hemos llegado al punto de organización plena. Esta vez, en Tecnopolis, creo que asistí a uno de los mejores festivales hasta el momento. El ingreso fue super dinámico, sin malos tratos, no había que hacer cola para nada e ir al baño no significaba perderte la mitad de un show. Podemos confirmar aquel antiguo proverbio que asegura que “la tercera, es la vencida”.

Llegué al predio a eso de las 5 de la tarde justo para ver a Nosaj Thing que ofreció un set impecable. Austero, minimalista, casi inexpresivo el californiano repasó los temas de Parallels (su disco de este año) y Fated – mayoritariamente. La música de Nosaj Thing es la que podrías escuchar en un paseo por el parque de noche. La luz tenue de su sonido se representaba exactamente en el juego de lasers que proponía desde lo visual. Ese viaje audiovisual que se generaba entre sus atmósferas densas y las mareas de humo agitándose en las luces, parecían envolvernos en una burbuja cósmica que nos tele-transportó a otra galaxia. Nosaj es uno de los típicos exponentes que uno viene disfrutar a festivales como el Sonar, sin dudas.

Después de eso me dediqué a vagabundear por todo el predio, jugando a hacer música con dispositivos de producción local que se exponían al público en general para convidarle de la experiencia de probar su funcionamiento. Otro clásico de los festivales son los lentes de realidad virtual en el que todos se deleitaban en esa realidad paralela. Pero yo preferí quedarme de este lado de la pantalla y aprovisionarme de birra para ponerme a tono con la situación. Después de saciar mi sed hice un yiro por los escenarios donde King Coya montó una fiesta latina con condimentos cuyanos; mientras que Franco Cinelli y Andrés Zacco proponían un viaje al centro de la tierra con sonidos de ultratumba.

A continuación llegó un punto altísimo de la tarde con Gilles Peterson, quien me sorprendió gratamente. No voy a descubrir que Gilles es un melómano incurable, porque eso lo demuestra en su show de la BBC, pero el set que propuso nos sacó a bailar a todos con ritmos africanos, percusiones tribales y esa gracia inglesa que sabe apropiarse del beat y sumar el sonido de la modernidad a ese aquelarre. Cuando sonó Jerome Derradji, toque el cielo con las manos y creo que no volví a tocar el suelo hasta que abandoné Tecnopolis (un par de horas más tarde). Lo de Gilles fue sensacional – esa es la palabra.

Ya extasiado salí a recorrer, una vez más el predio, pasando una vez más por una cerveza (obvio), llegué para seguir bailando con Zuker y un momento sublime que mezcló una remix de La Maza de Mercedes Sosa con otra de Hey Boy Hey Girl de The Chemical Brothers, ayudado por la percusión de Martin Rizzola – quien ya a esta altura del partido no necesita presentación. La pista se prendió fuego y Zuker, también. Al punto tal que se animó a sumarse a las congas y divertirse con la expresión de felicidad de un niño impregnada en su cara. Sin dejar de bailar me fui tirando pasos hasta el auditorio donde luego se presentaría Daniel Melero. “El viejo” – permítanme llamarlo cariñosamente así – la rompe siempre. Su sonido post-rockero no envejece y su show fue solido y directo, sin mucho palabrerío ni presentación de canciones, caminando inquieto sobre el escenario. Así como llegó se fue, sin mediar palabras.

Tengo que reconocer que me perdí a Pantha Du Prince, mientras hacía todo ese recorrido y llegue a tiempo para deleitarme con Sigur Ros. Es increíble lo que pueden generar solamente tres personas sobre un escenario. La formula no era el típico power trío, sino que suena como si fuesen teclado, bajo y bata; porque Jonsi pasa el arco de un violín sobre la guitarra y la saca unos colchones que se amalgaman perfectamente con su voz aniñada. Otra cuota exquisita era el set visual que montaron. Una especie de campamento vikingo devastado, se lucía sobre el escenario y por momentos se encendían y daban un sentido de profundidad que daba la impresión que las luces volaban en torno a los integrantes.

Durante su show que duró 2 horas (reloj) repasaron hermosas canciones como Ekki Múkk, una versión delicada de Glósoli, Orri Páll Dýrason hizo una primera demostración de destreza sobre el final explosivo de Dauðalagið, después se pasó al piano para aportar desde allí los primeros fraseos de Sæglópur – y en este momento nos conquistaron a todos. El punto más alto del show fue aportado por la gente que se resistía a que termine la canción Festival y entonaron su línea de bajo en un coro multitudinario que Jonsi describió como “beautiful“.

Finalmente, como suele suceder, hicieron el amague de abandonar el escenario y regresaron para recibir la segunda ovación de la noche. Quedó tiempo para Kveikur, Popplagið y una vez más el coro de la gente, que no podía bajar de la nube en la que estaba atrapado. No tengo dudas que éste fue uno de los recitales del año. La puesta en escena, los climas musicales, los tonos eternos que Jonsi utiliza para filtrarse por la membrana cerebral y las baterías desbocadas de Dýrason que nos cabalgaron por encima. Todo es un combo arroyado e irresistible. Cómo sucede con la música de Sigur Ros: sobran las palabras, cuando la emotividad está tan a pleno.

PH: ACIDAMA

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